Acumulo incontables libretas, folios, trocitos de papel, viejos bonos de transporte, tickets caducados e incluso servilletas arrugadas con cientos de anotaciones.
Ideas, fantasías, recuerdos, conceptos aleatorios e inconexos, palabras cuya cadencia me resulta agradable y aguardan ser apropiadas para darles uso en la ocasión idónea. Recordatorios que un día aspiraron a ser incluidos en algún escrito decente; una narración breve, quizá un simple relato. Tal vez rimas de un poema inesperado (ese que nunca pretendió convertirse en poesía), puede que un texto académico o un ensayo...Es curioso, pues en esencia todo son ensayos. Pruebas. Borradores. Siquiera bocetos como tal. Potencia sin acto. Semillas sin tierra húmeda y cálida que las resguarde.
Cada equis tiempo busco refugio en todas esas letras. Me convenzo de que algún día se convertirán en algo más. Algo mejor. Algo elaborado, digno al menos de redactarse con propiedad (aquí prioriza su redacción, no su publicación). Sí, me convenzo como si acaso yo fuese un elemento total o parcialmente ajeno al mismo proceso creativo. Se convierte en paradoja; uno no cree ya a estas alturas en la generación espontánea y, sin embargo, cede motu proprio ante dicha percepción sesgada de la realidad. Imagino que sucumbimos a la convicción de que las cosas simplemente suceden, ocurren, pasan, llegan...sin llamar a la puerta, porque sí. Insistimos en olvidar (acorde a nuestra conveniencia, según la situación) que somos un factor imprescindible a la hora de despejar nuestras incógnitas y, así, perpetuamos la cobardía bajo ese yugo que nos dictaba que "una retirada a tiempo es una victoria" (aun cuando siquiera hayamos recapacitado sobre cuál era la batalla pendiente de librarse, si es que acaso existiera). Resuena un recalcitrante "No merece la pena" que, a menudo, parece bastar. Cometemos el tremendo error de conformarnos.
En los breves momentos que dedico a revisar la irrelevancia y ampliar la levedad de esas notas, termino rememorando inevitablemente aquella frase que llevo marcada hondo desde no hace tanto;
"Esperanza no es lo mismo que optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte."
Y cuanto más la repito, más la comprendo y más me pesa su verdad. Entonces aprieto los dedos con ímpetu y mi sangre se revuelve y caldea, tornándose de una insoportable densidad que entumece (con algo similar a la rabia) cada pequeña parte de mí. No es tristeza, bien pudiera parecer ira. Porque tiene sentido escribir y me empecino en llevarme la contraria. Porque es sensato abrir los ojos, valga más o menos, vaya lejos o a la vuelta de la esquina. Porque se me antoja hacerme justicia para dejarme ser.
Lo único absurdo sería pretender gozar las vistas sin hacer tan solo un amago de asomarse al abismo, limitarse a coleccionar retales, recortes, a modo de pequeños catalejos empañados. Mirillas siniestras, lúgubres y torcidas.
Lo que sí carecería de sentido sería renunciar a la esperanza y, no obstante, mantener la eterna espera.
